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No me gusta levantarme por la noche de la cama con sólo un veinte por ciento de mí despierto y el resto dormido. Pero qué importan los porcentajes si ese veinte por cierto desvelado, corresponde a la vejiga. Ella es el mayor porcentaje de consciencia y la responsable del deambular a ciegas, tentando la costumbre, la intuición y la premura, hasta llegar al cuarto de baño. Una catarata sonora de mercurio líquido consigue desperezar algo mis oídos, pero poco más. A los párpados no hay fuerza mayor que los separe. Así, a tientas, continuo con la expedición por el angosto pasillo, luego a la derecha bordeando la alacena y ya, a mano derecha de nuevo, llego a la cocina. Me gusta abrir el frigorífico, accionando el automatismo de las bombillitas camufladas en algún lugar entre las verduras y el embutido. No debe ser muy tarde pues el piloto rojo del lavavajillas sigue encendido. También parpadean los puntitos del reloj digital del horno. Así, en la oscuridad, parecen pupilas bañadas en sangre de acechantes alimañas. Impresionan un poco. No sería el primer humano atacado de noche en su cocina por sus propios electrodomésticos.
Enciendo un cigarrillo. El fuego, espanta a las bestias. Sentado en mi esquina de la cocina, con la candela de mi cigarrillo como único faro vigia, observo la cara de las palabras cuando el silencio manda a callar. En estos momentos sé que sólo soy un montoncito de sentimientos envueltos en papel de pellejo.
Este invierno lo pasé en mi habitación de cemento bajo el mar. Hasta allí, poca gente se acerca, tan sólo me visitan, de vez en cuando, algún ángel. Me gusta hablar con los ángeles, aunque a veces no sepa qué coño dicen. Nos une la misma caída. ¿Quién se iba a imaginar que al cielo le saliera una úlcera?…Cuando en este Planeta empezaron a descubrir el agujero en la capa de ozono ya fue demasiado tarde, ya algunos ángeles despistados habían caído al vacío. Es difícil acomodarse a la fuerza de la gravedad, cuando no se tiene costumbre de ser arrastrado en barrena hacia el suelo. Es difícil volar cuando el aire es un espacio aéreo restringido, propiedad privada de los medios de comunicación.
Algunos cayeron de pie y otros tuvieron peor suerte. Algunos sufrieron una conmoción cerebral y despertaron con amnesia aguda… eso les ayudó a no echar de menos el vuelo, y pudieron adaptarse. Otros, todavía recordamos… y no sé qué es peor, si caminar sin levantar la vista del suelo, o ser un ángel en silla de ruedas.
No te sirve de nada las alas cuando tienes que levantar un esqueleto de piedra, peso muerto, cuando temes aterrizar porque no sabes si podrás volver a levantar el vuelo. Las opciones fueron la amputación… y así al menos, poder usar las piernas y poder, aunque más lento, ir paso a paso; o batir el plumaje y ascender hasta no poder más, hasta la extenuación, hasta la caída definitiva; o esperar que el cielo baje a la Tierra, con el riego que eso conlleva de atrofia total de las extremidades coleópteras… Yo elegí la primera opción… no cabe vuelta atrás.
Y así, entre visita de ángeles, tabaco y cerveza pasé el invierno, hasta que llegaron los besos abisales de mi compañera para avisarme que ya la primavera estaba puesta en la mesa del mundo y decidí salir de mi aislamiento. En fin, no sé por qué pienso ahora en inviernos. Es tiempo de soles y tengo uno, en top less, esperándome en la cama. Hacía allí regreso, ya despierto al noventa por cien. No voy volando sino a pie… pero llegaré. Me espera el edredón y las almohadas rellenas de plumas. Y mi compañera… profesora del vuelo raso, y un cuerpo de ALA DELTA.
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