A muerte con la Vida… Blog de Jerónimo Mejías


marzo 15, 2009, 3:13 am
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Oleo sobre lienzo... autor: JERÓNIMO MEJÍAS

Oleo sobre lienzo... autor: JERÓNIMO MEJÍAS

NO SON PALABRAS

 

 

Esto que lees NO SON PALABRAS, podrían ser simples caricias haciéndoles cosquillas a un papel, podrían ser churretes de rímel nocturno corriendo por las mejillas de la luna; recuerdos tatuados en una piel de porcelana; podría tratarse de una hemorragia de sangre negra traspasando la aséptica gasa de un folio en blanco… o esos vellos púbicos erizados color azabache sobre sábanas blancas, mecanografiados por la ausencia -eficiente secretaria del olvido-.

 

NO SON PALABRAS las cartas de los enamorados, las sentencias firmadas por un juez de lo penal, tu nombre y dos apellidos en el libro de registro, el manuscrito final de un suicida, el testamento de un rico… o lo que necesita alguien con hambre.

 

No, NO SON meras PALABRAS los arroyos de tinta en luto por las voces perdidas en bocas con telarañas; ni los garabatos guturales de las pesadillas de un bebe; los jeroglíficos como filas de hormiguitas paseando por el alma; o las tripas sueltas, repletas de carbón que deja un “Adiós”.

 

NO SON PALABRAS, sino filigranas de dinamita, cables sueltos de alta tensión, siluetas dictadas por la esperanza, saliva del silencio, sombras chinescas en un corazón.

 

 

 



marzo 2, 2009, 7:39 pm
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 Trabajo como cuidador en un Centro de Menores. Horario nocturno. Una de mis funciones es evitar el trasiego de hormonas adolescentes entre una habitación a otra y de un sexo al otro. Para ello, permanezco varias horas en una sala adyacente a los dormitorios. Como imaginaran no es tarea ni interesante, ni divertida.


Sin llegar a ser cómoda, la salita no tiene mal gusto en su decoración. De la pared color vainilla cuelgan, en su mayoría, fotos de los menores acogidos, enmarcadas con la sobriedad y la eficiencia de IKEA. También hay dos cuadros, comprados en la “tienda de los chinos”, a juego con el color de la pared, de muy buen ver. Ambos representan fachadas de edificios antiguos, propios de principios del siglo pasado. Sobre todo uno, llama mi atención. Representa la esquina de una plazuela, a todas luces cerrada al tráfico. En su centro sobresale la cristalera brillante de un evocador café de la vieja Europa, donde pintado a mano se puede leer: “Spéciala tous le jours”…”Buffet a la carte”…”Chaud et froid”.


Desde mi asiento parece llegar el aroma de ese café en grano, el temple del horno encendido con su barriga llena de croissants, canela, el tufillo agridulce de una pipa encendida. Miéntras más me concentro en los detalles más me alejo de mi asiento laboral y me dirijo hacia el acogedor establecimiento.


La puerta de la entrada parece cerrada pero un cartel en ella advierte de lo contrario. Al abrir la puerta, el tintineo de una campanilla metálica advierte de mi presencia. Una temperatura reconfortante me da la bienvenida, pero de olores sugerentes nada… huele a recién pintado y ceniceros sin vaciar. Las mesas y sillas permanecen desocupadas, casi con cierto aire de aburrimiento. En una esquina, un ordenador encendido desentona con el mobiliario. Un garçon de bigote, pajarita, chaleco y delantal tras una barra de añeja madera maciza, ni se inmuta ante mi presencia.

  • Bonjour!…c´est ouvert?- pregunto en un tono cortés. Él, seguía inmutable- I´est possible un café au lait?… s´ilt vous plait!


El camarero no entendía mi horroroso francés o simplemente era desagradable. Sin mediar palabra se dirigió hacia el fondo del mostrador, abrió una puerta y desapareció tras ella. Un tanto perplejo, decido encenderme un pitillo aprovechando estar fuera del curre, aunque me percato que desde aquí, a través de la enorme cristalera, puedo observar qué sucede en la sala donde me aburría hace unos instantes. Una chica acaba de salir de su habitación y, tras cerciorarse que yo había dejado mi puesto de trabajo, se dirige a la habitación de los chicos. Raudo me dirijo hacia la puerta de salida, pero está cerrada. Doy unos golpecitos en la cristalera para que ella me oiga, me vea ,y persuadirla así de sus intenciones prohibidas. No me oye, parece. Vuelvo a intentarlo con la maldita puerta. Nada.


Desesperado llamo al camarero, me dirijo al lugar por donde se fue. Para mi sorpresa y estupefacción, la puerta sólo es una pintura en una sólida pared. Acudo, de nuevo, al escaparate frontal, golpeo con más fuerza, parece cristal blindado. Me siento atrapado, doy patadas contra la puerta, contra el cristal, sin resultados. Tomó una silla para estamparla contra la cristalera… son de poliespan… todo el mobiliario, compruebo, es puro atrezzo. Esto es una trampa, donde he caído como un conejo…


Tan sólo el ordenador parece real y además, como una premonición, esta conectado a Internet. Por eso, escribo con avidez desde hace algunas horas, esperando que alguien me lea y, por favor, vengan a rescatarme de este dantesco dibujo, esta jaula de colores.