A muerte con la Vida… Blog de Jerónimo Mejías


abril 3, 2009, 4:00 am
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He perdido un cuento, no lo encuentro por ninguna
parte. Ya he mirado bajo los muebles, por los cajones,
entre los libros… pero nada. La última vez que lo
tuve entre mis manos parecía contento. No creo entonces
haya desaparecido por propia voluntad. Quizás fue
raptado. Sí… eso será lo más probable. Si así fuera
pedirán un rescate, quien quiera que fuese. Ojalá…
estoy dispuesto a pagar lo que sea por recuperarlo.
Aunque… era joven aún, inexperto, osado, confiado y
atrevido… tal vez, él mismo se haya extraviado
saliendo a investigar por su cuenta y ahora no sepa
regresar a casa.

Conmigo estaba bien, creo. No le faltaba de nada. Lo
guardaba en una caja de ébano perfumado, regalo de
aquella chica, aquel domingo en el Rastro y luego en el
Retiro. Ella sabía de mi afición a coleccionar cajas.
Tenía muchas, de todos los tamaños y materiales. Mis
preferidas eran las hechas a mano y mientras más
pequeñas mejor. Como aquella, sobresaliendo sobre un
tapete de terciopelo escarlata, en un rincón del
improvisado mostrador del puestecillo. Aquel diminuto
recipiente negro llamó mi atención, como si
pronunciara mi nombre desde el fondo de su vacío
contenido, como si me conociera de siempre y llevara
años en mi búsqueda. Sin embargo, yo no tenía dinero.
Había gastado todo mi presupuesto dominical en un
billete de ida y vuelta en un tren de cercanías, un
paquete de cigarrillos y dos cañas con bocadillos de
calamares en Atocha, donde ella me esperaba siempre.
Entonces, se propuso regalármelo a toda costa. Me
negué, por supuesto. No era barato y además, me daba
vergüenza que alguien – y menos una chica- pagara mis
cosas. Insistí en no aceptar tal regalo, pero ella fue
más insistente, hasta el punto de sentirme ridículo en
aquel tira y afloja sin sentido, y cedí. Luego, por
orgullo o gratitud, da igual, le propuse pedirme un
deseo u otro regalo cual trueque. Entonces, ella, sólo
me pidió un beso. Yo le di mil, tantos como hojas
podían caer en una tarde otoñal madrileña…

Muchos años después, casada y con un hijo, me contaría
que el dinero con el cual pagó aquella cajita de
madera era todo lo que tenía y para colmo, cuando nos
despedimos hasta el próximo día y fue a tomar el metro
de vuelta a Diego de León, se percató que estaba
agotado su bonometro, con lo cual tuvo que caminar,
bajo la lluvia, cuarenta y cinco minutos, para llegar
tarde a su casa y recibir un severo castigo familiar…
nos reímos entonces de aquel lejano incidente e hice el
amor con ella como me hubiera gustado hacerlo aquella
tarde en el Retiro. Por eso, aún conservaba yo aquella
cajita, destinada a resguardar mis pequeñas cosas más
importantes, en el lugar más oculto de mi pequeño mundo.

Allí seguía la caja, pero vacía. No supo ofrecerme
algún signo de por donde se había ido, ninguna pista.
Sé que le gustaba jugar al escondite, a los disfraces,
a hacerme rabiar como aquella vez escondiéndose bajo
el sombrero de copa usado en mis actuaciones. Estuvo
toda la mañana desaparecido y cuando, en pleno show,
cuando iba a sacar yo el conejo del sombrero…allí
estaba, encogido y cara de pícaro. Aunque de buen
corazón, es muy díscolo, aprovecha cualquier ocasión
para sus juegos. Hay que tener mucho ojo con él, sobre
todo si hay una mujer cerca, pues al menor despiste
corre a esconderse bajo sus faldas. Sí, a veces
consigue enfadarme y hasta perder la cabeza, pero… es
mi cuento, tan pequeño, apenas tiene dos palabras, tan
frágil!… lo reconocerán en cuanto lo vean. Por favor,
si por casualidad alguien lo viera por ahí, díganle que
lo busco con ahínco… o pónganse en contacto lo antes
posible conmigo, se gratificará con generosidad. Ah,
para más señas, responde al nombre de: Te quiero.

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