A muerte con la Vida… Blog de Jerónimo Mejías


otro verano “pal” bote…
junio 11, 2013, 1:27 am
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Mis pasos van cayendo como puntadas sueltas sobre el dobladillo de las aceras. Hilvano en vano el “descosio” en mi mundano uniforme de cal y granitos de arena… bueno, más que granitos de arena, digamos que motas de polvo – que no veas tú cómo pican cuando se te meten en el ojo-. Por eso, intento escapar de las respuestas, porque de pronto se equivocan y me cuentan la verdad. Ya no me interesa lo que digan o dejen de decir. Prefiero oír al viento en mi azotea, bailando un tango con la ropa entre las cuerdas del tendedero.

¿Dónde me perdí?… Nunca fui buen sastre para el desatino del destino. No tengo buen ojo (acaso por tanta mota de polvo) para adivinar la talla exacta de los acontecimientos. Cosí kilómetros y kilómetros dando sólo un rodeo a la medida de la soledad. Sólo recuerdo un traje que me quedara ajustado: era una malla de licra con rombos de arlequín, diseño de una tal Ben Posta.

Sí, Ben Posta amanecía cada día más joven. A veces despertaba en literas, en un remolque de camión, un albergue con hilo musical en alemán, o en una casita de madera a las orillas de la M-30. Pero nuestra capital, en esa extensa provincia de la adolescencia que fue “Benposta. Nación de Muchachos”, se desperezaba bajo la manta húmeda y sabor a eucalipto de una niebla gallega. Allí el invierno duraba una infancia y el sol crecía enroscándose en escuálidos filamentos de una estufa clandestina; muy útil para secar huesos, encender un cigarrillo o hervir el agua para un descafeinado. Sí, allí fuimos artistas y por eso nos alimentábamos de aplausos y empanadas de sardinas… muy ricas, por cierto, las primeras setenta y nueve…

La aventura de crecer me llevó luego a Madrid. Llegué allí rodeado de hermanos prestados, que debí luego devolver a esa biblioteca pública que es el olvido… pero eso es otra historia. Llegamos desterrados de la Luna, y pronto nos mezclamos con la Tierra para despertar huertas dónde dormían vertederos. Tuvimos juntos un sueño llamado África, pero cuando despertamos no nos habíamos movido del sitio y de ser “Muchos”, pasé a ser solo, 1, sin hache. Un sabio dijo: “ De Madrid al cielo”… yo intenté hacerle caso, pero nunca conseguí pasar de las nubes. Allí me quedé toda la primavera, con Cristina, con Elena, con Ruth, con Marta, la amiga de Inés, con Inés, Maite, Isabel, Ana…vestía mi camisa holgada de once varas.

Luego, el otoño, me pilló con el esqueleto destemplado como un instrumento desafinado. Confeccionar una familia siempre me quedó grande, con tan poca tela que cortar y poco hilo… era un lío. Siempre llegaba la puta Navidad para recordarme mi orfandad. Vestirme de Santa Claus nunca fue precisamente mi “look”, y siempre supe que los Reyes Magos no eran los padres, sino simples concejales. Apostar todo al corazón fue un negocio predispuesto a tener pérdidas. Para entonces, ya Superman había caído rendido ante el poder de Supermercado, con sus ofertas inmejorables de kriptonita. Me hice su amigo, del Superman, no del otro. Nos unía esos pequeños detalles de haber olvidado volar, sin salirse de la raya, y hacer de su capa un sayo. Lo acompañé al oculista para calibrar las dioptrías en su visión de rayos X, y hasta le ayudé a destatuarse la hortera “S” de su pecho; pero no me quedé a su lado para verle sacar brillo a su flequillo con laca de “a kilos”. Preferí mudarme a Londres, por lo del inglés y porque me salió del huevo izquierdo (como a Carlos Salem). Luego a Lanzarote, con mi Salvador Guerrero. Más tarde firmé la hipoteca del portal de Belén…y mucho más tarde aún, alquilé mi cueva de cristal en un tarro de mermelada… por cierto, hecha en Morón de la Frontera, donde nací, que es el sitio más alejado que pillé de París, y quizás dónde comenzó mi equivocación, pero… quién se acuerda ya de eso. Mi cueva es estrecha, sí, pero muy iluminada.

Y aquí sigo, enfrascado, intentado sacar mi mano por encima de la tapa del suelo, para que puedan florecer los almendros que brotan desde las tripas; para que puedan dar sus frutos las cerezas que germinan en la sangre; para poder subirme por las ramas y echar hojas y hojas como labios verdes que puedan devolverle a la Vida todos los besos que le robé… y respirar…

… uffff, eso de respirar, “peaso” invento!. Ya llega el verano asomando su nariz redonda de payaso, color yema de huevo… otro “peaso” invento el verano… otro más para mi invernal inventario. Otro verano más “pal bote”.