A muerte con la Vida… Blog de Jerónimo Mejías


QUIERO SER UN HIJOPUTA
julio 1, 2013, 11:17 pm
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"Mejor solo que peor acompañado" modelado con pasta de papel. Jerónimo Mejías

Desde pequeñito tuve la firme idea de llegar a ser un hijo de puta. Sin embargo, llegué a nacer en una familia no propicia para ello. Mi madre, en especial, era una mujer abnegada para sus hijos. Para nada daba el perfil. Mi padre, “ni chicha ni limoná”, apenas me regaló dos azotes de nada en el culo, y encima con más razón que un santo. Viendo que con esos progenitores nunca desarrollaría mi maldad, esperé a la escuela, mientras practicaba un poco con mis hermanas, sin grandes avances porque las dos eran más grandes y fuertes que yo.
Esperaba con ahínco encontrar en el colegio ese caldo de cultivo para desarrollar mi maléfica meta. Presentaba buena pinta pues ingresé en un colegio de curas. Nada más lejos de la realidad. Los curas eran casi todos medio rojos, leían a un tal Paulo Freire, aunque parezca mentira parecían hasta personas… total, un fraude. Resuelto a no dejar la escuela sin completar mí periodo de iniciación decidí en última instancia molestar y abusar de los facilotes, los más pequeños claro, los empollones y demás del tipo estándar para ser agredido… pero, cuando ya iba para maltratar a uno de esos, ya estaban ocupados recibiendo de otro mayor, y yo, torpe de mi, en vez de sumarme al banquete, intercedía por las víctimas. Cosas de niños.
Tuve la inconmensurable oportunidad de hacer “la mili”, y con ello desembarazarme de una vez por todas de mis pusilánimes restos humanitarios. Pero tampoco… sedado con humo narcotizante, convaleciente a perpetuidad de la adolescencia, me declaré “objetor de conciencia” –por eso de llevar la contraria- y cambié la purificante disciplina castrense por los abalorios de la utopía. Lo sé… error. Nunca aprendí a usar un arma, y la revolución con pinceles, guitarritas y bolígrafos es una frivolidad, propia de cobardes. A tomar por culo la juventud soltando gilipolleces.
Vislumbré en el sexo contrario el incomparable marco donde manifestar mis más bajos instintos, de culminar, por fin, mi tan ansiada reputación de HIJO DE PUTA, con mayúsculas. El plan, básicamente era sencillo: Prometer todo lo que ellas ansiaban, el oro y el moro, y no cumplir nada de nada, sólo darles la lata. Más nunca pude decirle a alguna “si te he visto no me acuerdo” antes que ellas lo pensaran de mi, pues se vestían habilidosamente. Antes incluso de que yo encontrará mis dichosos calzoncillos, entre el barullo de las mantas contra las sábanas, ellas ya se disponían a marcharse. Para recochineo, antes de irse, me dejaban un beso en la frente y proferían: – “Sos un dulce”, con ese rintintin maternal tan insidioso para un hombre, sobre todo si éste se ve portando, absurdamente en su mano, el calzoncillo que acaba de encontrar. Quién me iba decir a mí que ese sexo débil iba a ser más fuerte que yo. Pobre de mí, castrado hasta para el odio básico de género. Imbécil.
Tener hijos hubiera servido bien como excusa para, por fin, joderle la existencia a alguien, o al menos, para contribuir a la superpoblación del planeta y por ende a su autodestrucción. Pero qué va… también me mostré reacio a la opción de transmitir mis genes podridos, de condenar a un indefenso a intentar ser lo que yo no fui capaz de ser, a tener que terminar lo que yo no fui capaz de hacer. Si debo resignarme a ser feliz a través de fotocopias, prefiero quedarme con el borrador de la tristeza. Sería fácil hacerme el loco, perder mi pesada cabeza en un polvo sin retorno y luego ya veríamos, quién sabe, siempre podría dejar como herencia mis frustraciones… pero, joder, pobres futuritos míos. Es que, ni para esa cosa tan natural, tan “instintiva”, tuve cojones… manda carajo.
Y así he llegado a mi edad media, rota por la mitad quiero decir, mutilada mi agresividad por años y años de “buen rollito”, habiendo conseguido la paupérrima marca de apenas un par de decepciones sobre algunas expectativas infundadas sobre mi persona. Decepciones leves, sin mayor importancia que las que yo merecía. Me declaro incapaz de matar, ni siquiera de hacer sufrir a los que se lo merecen, invalidado para medrar a costa de los demás… Resumiendo, diagnóstico: “Inadaptado en riesgo de exclusión social”. Quién sabe… quizás no sufrí todavía demasiado, no me esmeré suficiente en el esfuerzo que supone ser un hijo de puta auténtico. Tal vez me falten un par de hostias bien dadas… si fuera sólo eso, no me preocuparía, para eso ya están los amigos.

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