A muerte con la Vida… Blog de Jerónimo Mejías


Aquel domingo que Alemania ganó el Mundial…
julio 16, 2014, 1:50 am
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Te vi llegar
 por las cámaras de seguridad
 instaladas en el corazón.
Destilado por el alambique de los días
 donde los domingos caen en lunes.
  Intoxicado hasta los entresijos de la costumbre
 por el humo negro de las palabras
 quemadas en fuegos artificiales…
Llegaste con tu voz para comérsela
 a envolver mis huesos con tu piel de regalo.
 Tampoco tú eras la chica de ayer
 la que salía a Bolsa cuando entraba en un bar
 con tu vestido ajustado al estampado
 de estrellas rotas, de lunares rellenos
 de polvo cósmico y un escote caudaloso
 donde se ahogaban las miradas alfas.
Pero sabías de ausencias, decías 
 del desgaste del presente por el roce
 del futuro y el pasado haciendo las paces
 que se duerme mejor sin sueños, añadías
 en los infiernos convertidos en hogar
  y un poco de “oxijero” bastaría 
 para sentirte llena … 
  ( …gracias por la abrapalabra)
Desayunamos una despedida confitada
 con la miel hecha por los primeros colores del amanecer.
 Te vi luego marchar
 saltándote los protocolos y las alarmas
 hacía tu matrimonio de mutuo acuerdo
 y el amor con custodia compartida
 para darle brillo a los hijos.
Yo encendí un cigarrillo, puse una cafetera,
 encendí la tele… por lo visto, Alemania
 ganó anoche el Mundial...
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Gorrión, al loro con las canarias…
julio 4, 2014, 3:20 am
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Erase una vez un gorrión que se enamoró de una canaria… su pelaje parecía tan  suave como susurrar una nana, de un amarillo tan brillante como sólo pueden serlo las descendientes directas del sol, y su canto… su canto era la misma voz de la Señora Primavera despertando a las flores. Fue una tarde de esa precisa primavera, cuando el gorrión regresaba de darse un festín  patrocinado por los restos de una merienda desechada por un niño mimado, que escuchó aquel trino, el cual, hizo que el gorrión errara su vuelo por primera vez, y no pudo evitar una antena parabólica. Por suerte, nuestro pájaro sólo sufrió una leve conmoción en su orgullo propio, por lo demás todo bien.

 

El ya enamorado gorrión, volvió al día siguiente, y al otro, al otro… sin atreverse a asomar su pico por el balcón donde su flamante cantarina exponía su afinada garganta. Siempre se quedaba en la cornisa de una ventana unos cuantos balcones más allá. No podía evitar sin embargo, extasiado por el clímax  de la música, volar y volar alrededor de los tendedores y antenas normales de televisión repartidas por las azoteas del vecindario, dibujando con su danza, corazones invisibles. No podía imaginar ni por asomo que sus planes de vuelo eran observados y descifrados por los ojos de la canaria causante de sus desvaríos. Y eso la impulsaba a ella para seguir y seguir cantando, hasta que su dueña, una mujer entrada en años y en carne, alarmada ante el jolgorio del amor, abría la puerta de la terraza y devolvía a su canaria al hueco del salón entre el sofá de sus siestas y el mueble bar con figuritas de resina sintética.

 

Una tarde, por fin, entre tanto canto y canto, la canaria aprovechó que el gorrión se acercaba cada día, ventana a ventana, un balcón más cada vez, para decirle que no tuviera miedo y se pusiera justo en la barandilla de su terraza para contarle cosas de la vida fuera, de la libertad y esas cosas. El gorrión, derrochando pío-píos,  le habló de los árboles de la plaza, de la época de recolección en las huertas de la periferia, de cómo hasta el arco iris bajaba a los charcos de los jardines después del riego y bebía al ladito suyo, del escándalo de los perros con correa o del peligro de los perros sin ellas, de los tejados y los gatos … incluso, ya entrando en intimidades, le habló hasta de las pesadillas que sufría por culpa de ciertos espantapájaros.

 

Otra tarde le tocó al gorrión el turno de preguntas y aprovechó:

–           Oye, ¿por qué no te vienes conmigo y lo ves todo por ti misma?

–           ¿Cómo se te ocurre preguntar eso?- inquirió ella- ¿ No ves que estoy presa?.

 

El joven pero astuto gorrión llevaba ya el suficiente tiempo vigilando a la mujer de la casa cuando aparecía por el balcón y también cuando deportaba a su amada al interior de la casa. Apoyado en la ventana de la cocina había visto una vez como habría la jaula para manipular algo dentro de ella. Sus dotes de observación y la buena maña con su pico hicieron que la puerta de la jaula se abriera delante de la canaria.

-Ahora eres libre – afirmó el gorrión mientras le invitaba a volar con un guiño de sus alas.

La asustada canaria se contagió de la seguridad de su nuevo amigo y se lanzó al espacio exterior donde la primavera andaba ya pensando el lugar donde marcharía de vacaciones aquel verano. Volaron y volaron el resto de la tarde y parte de la noche aprovechando una luna más nueva que nunca, pensó el gorrión para sus adentros. Durante los siguientes días, el gorrión se encargó de enseñarle a su virginal compañera las mejores fuentes donde beber sin peligro de contaminación, el patio del colegio donde, tras el recreo, los niños dejaban esparcidos buena parte de sus bocadillos, el árbol más grande del parque donde podían dormir seguros, cuáles eran los ancianos más generosos con sus migas, qué niños tenían mejor o peor puntería. Pero un día, llegaron hasta un parque más frondoso que los conocidos hasta entonces y la canaria divisó al fondo una especie de castillo de cristal, parecía un espejismo, pero en realidad era un gigantesco y misterioso invernadero.

 

Volaron hasta su techo y bajo las transparentes paredes observaron cómo dentro, entre exuberante vegetación, se hallaban repartidas unas cuantas jaulas de un tamaño considerable, casi tan grande, o más – pensó la canaria- que todo el piso completo de su dueña. El gorrión advirtió una rendija abierta entre las planchas de cristal y por allí pasaron al interior. Sobrevolaron por el espacio cubierto hasta que, de pronto, la canaria abrió sus ojos como se abre el horizonte encima de las montañas y detuvo sus alas asiéndose a la malla de una de las inmensas pajareras. Dentro, un papagayo multicolor, expandía su larga cola mientras repetía, frente a la anonadada canaria, una retahíla de agudos graznidos, pero en tres idiomas diferentes. Tan absorta quedó la canaria que no advirtió la llegada de un humano, por mucho que el gorrión hubiera intentado avisarla desde un foco que colgaba de la estructura. Cuando quiso darse cuenta ya se hallaba atrapada dentro de una especie de cazamariposas. “-¿Cómo  habrá conseguido escaparse? – se preguntó el hombre uniformado, el cual se apresuró en meter a la canaria en una celda adyacente a la del papagayo embaucador, donde se remolinaban una variada cantidad de canarios y canarias de diferentes especies.

 

Nada pudo hacer el escuálido pico del gorrión contra la malla metalizada que envolvía totalmente la nueva jaula de su alada amada, ni tampoco contra la cerradura moderna de la puerta. En su encierro, la canaria, tras unos breves picoteos con algunas de sus inesperadas anfitrionas, encontró un lugar donde cobijarse y fue aceptada sin más por sus congéneres. No está mal, pensó ella, desde aquí puedo ver y ser vista sin esfuerzo por esa maravilla de la naturaleza con plumas, refiriéndose, claro esta, al descubierto loro papagayo. Mientras el gorrión, abatido, cada vez más cerca de la extenuación y más lejos de  hallar el modo de liberar a su compañera de viaje, optó por escapar del peligro cuando vio acercarse de nuevo al humano uniformado, saliendo de la trampa aquella de cristal y yendo a refugiarse en un árbol cercano para, al día siguiente, con nuevas fuerzas, intentar de nuevo la evasión.

 

A primera hora del siguiente día, nada más pasar los primeros rayos del sol por aquella abertura superior del invernadero, el gorrión volvió a rescatar a su canaria. Sin embargo, ella pareció recibirlo sin mucho entusiasmo:

–          No te preocupes, cantora mía, no sé cómo pero vas a salir de aquí – dijo él.

–           Tranquilo gorrioncillo mío, tampoco te preocupes demasiado – musitó la canaria – aquí tampoco se esta tan mal… la comida es buenísima y, según me cuentan, nunca falta… y, bueno, las vistas (dijo, mirando de soslayo y ostensible lascivia hacía su costado, donde un buen surtido de policromáticos periquitos se daban un buen baño en la jaula de al lado)… las vistas son inmejorables… además – siguió añadiendo la insensible pájara- anoche pude ver un imponente pájaro… Tucán, me dijeron que se llamaba… y no veas tú que plumas, qué tamaño… el de pico me refiero…

–          Pero… ¡¿qué dices?! – consiguió farfullar el gorrión – estas encerrada… no eres libre

–          ¿Y?… mi dulce gorrioncillo, la libertad está sobrevalorada… ¿a quién le apetece estar alerta siempre por si algún niño, un gato o váyase a saber, te pilla?… ¿para qué cansarte volando por comida aquí y allá si te la pueden traer a domicilio?…

 

Tras escuchar esto el gorrión quedó atónito. El tacto de la reja metálica pareció tornarse  hielo entre sus patitas. Sin embargo, su entrenado instinto forjado en las calles supo reaccionar por él ante la inminente llegada del mismo humano que el día anterior le arrebató a su amor amarillo. Su piloto automático lo llevó hacía el techo para desaparecer luego por la abertura del techo.

 

Dio la casualidad, o pasó como debe suceder en las pelis para crear atmósfera de tragedia, que empezó a llover de repente (sí, a pesar de estar a finales de mayo) y entre el desánimo del gorrión y las finas y alargadas gotas como alfileres de aquel inesperado chaparrón, nuestro protagonista empezó a caer sin poder levantar el vuelo. Ante la desesperación de la caída supo reaccionar a tiempo y encogiendo sus alitas mojadas y pesadas como lápidas, se dejó dirigir por el viento que en ese momento soplaba con ganas, para, en el momento preciso, volver a desplegar sus extremidades y planear lo suficiente como para aterrizar en un saliente de un tejado próximo. Bajo el alero de aquel refugio, el gorrión se sacudió los restos de lluvia y de rabia que le oprimía el pecho. Se acurrucó pegado a la pared, esperando que escampara, por fuera y por dentro de él… -“¿Qué ha pasado?”- se repetía una y otra vez (y yo, que sólo soy el humilde narrador de esta historia, ya me hubiera gustado estar allí, junto a él para decirle, “pues nada tío, lo que ha pasado es que esa canaria era una zorra y tú, amigo mío, vas a ser el primer gorrión pagafantas de la historia… eso me hubiera gustado, pero me callo y sigo con lo mío que es transcribir, y punto) – ¿por qué alguien puede elegir vivir en una jaula, por muy grande que sea la jaula, pudiendo volar libre? – seguía erre que erre, incesante el gorrión- ¿por qué no pudo enamorarse de mi?… – y, no estoy seguro, pero pareció como si se desprendiera por uno de sus diminutos ojitos, la última gota de lluvia que le quedaba dentro.

 

Ya con el sol volviendo a calentar la tierra, el gorrión salió de su escondite y fue a posarse sobre una azotea vecina. No podía desprenderse de las preguntas como piedras que convertían su batir de alas en un esfuerzo titánico. Tampoco ayudaba aquel aire que había quedado tras el chaparrón, agobiante y pesado como si fuera de cartón mojado. Sentía el impulso de volver para seguir hablando con su canaria, pero algo dentro de su cabecita lo detenía. No podría soportar más desplantes como el sufrido. Seguía sin entender, y pasó algo que nunca le había sucedido. En un lado de la azotea se había formado un pequeño charco y el gorrión se acercó para beber, nunca antes se había fijado en eso, siempre le gustó ver los colores que se formaban en la superficie del líquido, le traía los brillos en el agua, pero esa vez: vio reflejada su imagen… vio su pelaje ceniciento, su pico sin gracia, sus alas cortas y su cola sin color… entonces, nadie sabe qué pensó, qué pasó por su cabecita, pero el hecho fue que volvió a desplegar sus alas…voló, voló veloz como nunca… dirigiéndose hacia la azotea donde conoció a la canaria. Todavía la dueña no había quitada la jaula de su sitio, quizás esperando que su inquilina volviera, por eso sería que estaba la puerta abierta. El pájaro se dirigió hacia ella y se introdujo en el interior. Una vez dentro, usando su pico, tomó la puerta de la jaula, y cerró.