A muerte con la Vida… Blog de Jerónimo Mejías


Café con Lechera
octubre 23, 2014, 11:26 am
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Fotografía de CHEMA MADOZ

Fotografía de CHEMA MADOZ

El joven se acerca al mostrador y pide un café con leche en taza grande, mientras su vista se relaja repasando los estantes repletos de botellas antiguas, algunas todavía sin abrir y otras exentas de licor pero llenas de flores secas, arenas de colores, papeles escritos…también contempla un par de velas consumidas, con su cera abierta como una flor al ser consumidas . Una vez hecho el encargo, se dirige a una esquina discreta y apacible. En medio de la mesa, un florero con una sola flor de papel le hace sentirse bien acompañado. Ha quedado con una chica a las ocho y media allí, pero él se ha adelantado para aprovechar a escribir algo bajo la inspiración de los viejos fantasmas que suelen desfilar por estos antiguos cafés a la hora del crepúsculo. Enciende un cigarrillo y disfruta del sabor alargando la chupada, mientras un camarero, peinado con gomina hacia atrás, posa el café con su inmaculada taza sobre la mesa. El joven saca un bloc de notas y lo acomoda a su derecha. Deja que los pensamientos se dispersen, absorto en las venas densas del humos de su cigarrillo. Siente el cuerpo ya establecido y pleno en la calidez del sitio, el bienestar le seduce sobremanera como si acabara de sentarse en el mismo centro de algún punto liberado del espacio y del tiempo… en algo parecido a la paz.

Al primer sorbo, con el avance de la ola de calor líquido, siente que su organismo se despereza. En la levedad del momento, su mente empieza a divagar visualizando un futuro inmediato. La novela, aún inconclusa, gana un prestigioso premio, dotado además con una sustanciosa suma, suficiente para dedicarse por un tiempo a aquello ansiado: escribir. En ese espacio sabático da por terminado, también, una serie de relatos flotantes en su cabeza desde hace tiempo, a los cuales no le es difícil encontrarles editor debido a la buena acogida que tuvo su primera novela.

Por su cabeza habían pasado ya unos cuantos años y disfrutaba sorbo a sorbo su café al mismo tiempo que se contemplaba dedicándose a jornada completa al arte en la cuarentena de su vida, una edad relativamente joven para disfrutar del éxito. Con esta seguridad, se dedicó en pleno a una novela de grandes perspectivas, con ingente documentación previa y un diseño narrativo novedoso. Tardó un par de años en acabarla, pero quedó satisfecho. Mientras tanto, su compañera, con la cual había compartido todos eso años, había conseguido ir realizándose en su vocación al unísono. Juntos, habían conseguido superar con creces varias crisis propias de pareja. Aún se amaban y por aquel entonces decidieron tener descendencia. Por decirlo de algún modo, todo iba sobre ruedas. La niña – fue niña – crecía con esplendor propio, sus libros se vendían bien, su compañera era feliz… decidió encender otro cigarrillo y seguir saboreándolo a placer.

Con el devenir, llegaron las invitaciones progresivas a actos culturales y sociales. Su obra futura adquirió una proyección más comprometida. Su producción iba teniendo, poco a poco, cierta repercusión. Fueron apareciendo los premios, su primera novela fue llevada al cine, incluso algún que otro homenaje, siendo apenas un sexagenario. En esto, había apagado el segundo cigarrillo.

En plena madurez, escribió un ensayo ideológico, presentándolo por todas las universidades y focos culturales. Sus propuestas abrían nuevas perspectivas ante la evidente crisis que sufría el sistema neocapitalista. Un granito de arena en la inconmensurable playa del tiempo, que las siguientes generaciones podrían darle forma. Ya, se imaginó en su otoño avanzado, optó por alejarse de la vida pública y concentrarse en su universo más inmediato…su eterna compañera con la que había compartido todos sus sueños, su hija que lo había convertido en abuelo. Se retiraron a una casita en el campo donde seguir escribiendo sin prisas, pintando algún cuadro acaso, pero dedicándose más a su familia y a un pequeño huerto, en la parte de atrás de su casita…

En esto, con el cenicero lleno de colillas, un café acabado y otro a medias, con un chorrito de Jack Daniel´s, ya frío sobre la mesa, se abrió la puerta del local y apareció la chica de su cita, la misma con la que había compartido la vida en su fantasía. Ella, se quitó los guantes de lana y comenzó a frotarse las manos mientras echaba una ojeada por el Café, aparentando no encontrar lo que buscaba. Él quedó extrañado. Era imposible no haberlo visto. Ella se acercó a la barra y pidió un té verde. Él siguió esperando en su esquina, pensando que ella se acercaría después de haber hecho su pedido en barra. Ella volvió a mirar de soslayo, sin presentar indicios tampoco de haberse percatado de su presencia. Él levantó entonces su mano haciéndole señas, a la vez que la llamaba por su nombre. Ella puso cara de extrañada. Él quedó perplejo, no comprendía nada… no comprendía que ella, ante sus ojos, veía, ni más ni menos, que a un desconocido anciano.